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Después de que una serpiente diera muerte al niño Ofeltes, a éste se le llamó Arquémoro, cuyo significado es “comienzo de la perdición”, “precursor de la muerte”, “principio de la desventura”. De su sangre nació el sagrado perejil, y en su honor se instituyeron los juegos Nemeos, cuyos jueces vestían de negro y coronaban a los vencedores con esta planta.

 

Los griegos creían que las semillas de perejil (petroselinum crispum, “apio de roca”) viajaban al Hades antes de germinar. Tenía éste un poder afrodisíaco, mágico, protector; simbolizaba nacimiento, resurrección. Para los romanos significó muerte, dolor. Unos y otros lo empleaban en las ceremonias fúnebres. 

 

También Medea es el comienzo de la perdición, la precursora de la muerte, el principio de la desventura, la serpiente de ojos glaucos que constriñe con su hechizo, y protegió a Jasón. Medea nace de la sangre de su hermano Apsirto, de Pelias, de Glauce, de Creonte, y de sus propios hijos.   

 

Medea a la sombra del perejil es una recreación poética de siete rapsodias —516 versos, de medida endecasílaba— y un coro que da voz a cada canto. Escribe y autoedita Agustín de Andrés Ferrero (Molezuelas de la Carballeda, Zamora, España) en abril de 2022.

 

De Andrés Ferrero recorre el camino de los clásicos para entretejer, piadoso, a su Medea, la adivina, la extranjera, una mujer incompasiva contra el destino, en dos mitades dolorida. 

Durante siete poéticos cantos de amor y de odio, de desprecio y de deseo que, según Octavio Paz, es perpetua sed de compleción, la cubre con un sudor sáfico de hielo y de temblor. 

Excava el vacío y desvela su dolor: la inextricable condición humana, su doliente humanidad. Y, afligido, llora el llanto que se hereda, invade, hiere. 

Finalista XXXIV Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe

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